Resulta que cuando uno crece, cree saberlo todo y quizás un poco mas. Pero no. Y eso o he comprobado ahora mismo. cuando después de once años de estudio y algunos mas de universidad me encuentro frente a un inofensivo papel con la sútil esperanza que de él salga “algo”, un algo que sea un signo que se sume a la semiótica de mi vida.
Entonces todo parece muy fácil. Es muy fácil mira. Es tan solo ver lo que tengo de mi lado, ver que es el papel quien me guiña el ojo y como en coquitos, ansioso espera que le tome, que le transforme, que le de el matiz que se ajuste a mi medida, ¡uf! Perdón a la medida de la imaginación.
Es allí cuando mis manos silenciosas pero llenas de sentidos, de un tacto atrevido, pecador, se acercan al papel en una especie de tango; empiezan a moverse de lado a lado de a mesa, en el aire; parece una clase de levitación, no lo sé. Pero allí están, dispuestas al instante, a la creación de ese de “algo” que se configure solo en mi mente. El papel y mis manos.
Y es que parece raro, son mis manos que se confunden y el papel pareciera que se aislara. No lo sé. Pero allí, mis dedos tercos, traviesos e inquietos, van y vienen en su tras, tras, tras…del tango, de aquella danza que les envuelve con el papel.
Rarísimo, el papel triunfante sobre los dedos. Pero de momento, mis dedos y el papel se comprenden, se complementan, se hacen uno del otro y al fin; una novedad, mis dedos han doblado un pliegue, dos pliegues del papel, ahora una punta y de la punta se hace un pliegue más; los dedos inquietos junto al papel le van dando una forma de ese “algo”, que ahora es “mi algo”, que me pertenece y que vuelva, llevando en él un sueño, un algo más, pero no cualquier más.
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