LOS QUINCE AÑOS DE LA MUJER DE CABELLOS BLANCOS
15 años. Fueron las últimas palabras de aquella que parecía tan inofensiva, - y vaya paradoja-, ella fue quien al final condenó la fe, la esperanza, los sueños y las ilusiones de quienes ahora mismo lo extrañan en casa. La verdad no sé qué decir al respecto, ni siquiera quiero estar en los zapatos de la mujer de cabellos blancos, de ojos pequeños, dulces y tan cansados de sufrimientos, de dolor y de una angustiante desesperanza que la vida le otorgó sin ella siquiera solicitar y mucho menos esperar. Ella, quien camina por cada uno de los caminos que el tiempo, la angustia y la tiranía de muchos ajenos le han ofrecido, hoy desgarró mi corazón, como una punzada de la daga helada; ésta me atravesó y quebrantó cada uno de mis huesos, y sin dar espera, el corazón ahora es la esponja que absorbe cada descontento del poco fruto de la mucha fe.
Ahora mismo me pregunto ¿qué es la justicia? Qué es, acaso se trata de decir con voluntad impositiva que está bien y que está mal, no lo sé. Parece que todo consiste en el espejismo que se construyen aquellos que se rotulan los líderes de la justicia: juez, fiscal, policía, abogado. Ellos, quienes hoy han condenado, no sólo a un hombre de baja estatura, de pocos sueños pero de muchas angustias y de fuertes desazones que le ha dado la vida, hoy él, ha recibido su respectiva condena, pero a la vez han condenado los sueños de la mujer de cabellos blancos. Ella contaba con la presencia de él, pero hoy parece que se lo han entregado muerto. Junto a esta condena, se condenaron lágrimas, sueños y los inmensos anhelos por su pronto regreso. Ahora parece que él se ha ido para quien sabe cuándo volver, y si acaso vuelve… o si cuando regrese la mujer de cabellos blancos esté en su eterno descanso con la zozobra de esperarlo todos los días, por esperar a que cada día tocará a la puerta y le dijera: “hola amá, aquí estoy, a ver pa’ arreglarle el sótano”. Parece que este plan ahora se aplaza, entra en retroceso.
Ahora mismo no se trata de decir que si es o no culpable, no, para qué, eso en últimas no da paz. Además, no soy quien para decir si lo es o no, suficiente tuve con todo lo que escuché esta tarde: “se le señala por intento de abuso sexual, aunque no se haya encontrado prueba material; no presenta trastornos mentales, por tanto su acto ha sido consciente, etc.” Y así, con el extenso repertorio en el que el único fin era señalar, judicializar, en últimas ¡CULPAR! Como si eso diera fe de lo humano que somos.
Al llegar a la casa de la señora de los cabellos blancos, ella pregunta “¿cuánto le metieron?”, 15 años responde mamá, con voz entrecortada y un tanto aturdida.
Pasado un corto silencio la señora responde de una manera desgarradora “ay Dios mío, se tragaron a mi hijo”, y de repente dos lagrimas caen de sus ojos, empalidece, se sienta y de nuevo dice “se tragaron a mi hijo, esa familia hijueputa”. Quién lo diría, la familia del ser que él más ama, hoy lo condena a un trago amargo de forzoso aislamiento.
¿Qué es humanidad entonces?
A caso es decir, soy mejor porque no odio a mi vecino, soy mejor porque soy fiel, soy mejor porque no siento envidia, soy mejor porque voy a la iglesia y tú no. Vaya, vaya, la retórica del ingenuo, del que quiere una vida rosa.
Somos tan egoístas, pienso por ejemplo, quizás que si aquellos quienes hoy condenan, tienen familia, será que tienen sensibilidad, será que observan el firmamento, el verde de las hojas, perciben el roce del viento, será que respiran el aroma de sus cuerpos, la calidez de sus carnes, no sé, quizás no, y si lo hacen no es suficiente, no lo es. Sé que no fui yo quien lo condenó, sé que no con esto voy a sacarlo de su infierno y menos aún, voy a secar las lágrimas de la dulce señora. No.
Y es que no se me quita la imagen de angustia de su rostro. Todo el tiempo pretendió ser fuerte, sagaz para sopesar el dolor, el desgarramiento que ahora la condena, pero todo ha sido en falso, casi en vano, no logra disimular el dolor, ni mínimamente. No importa si en algún momento ella fue agente provocador de mi propio dolor; no sé, quizás en eso consiste la vida para poder entenderla y darle un sentido. Lo que ahora importa es poder si quiera comprender porque la vida es tan absurdamente paradójica. Ella víctima de la infamia del machismo, del fatalismo del amor y ahora…víctima de la zozobra del desamor de madre.
Los golpes de la vida parece que ahora la hacen madurar, y parece que a ella le correspondieron muchos más para poder dimensionar el sentir de la vida, darse vuelta y comprender que todos los agostos no son iguales. No recuerdo cuantos años tiene, pero sólo sé que su edad está lo suficientemente avanzada como para entender que pronto faltará, y que su morada pronto dejará de ser tan cálida, que pronto volverá el vacío que deja la muerte, y pienso en mamá, ella víctima de la angustia, cultiva en sus esperanzas tener mamá pa’rato, y yo en el fondo espero lo mismo. Pero todos sabemos que la realidad es otra. Quizás la petulante sombra del duelo, como siempre nos tome por sorpresa.
Mis pensamientos danzan ente el vaivén del recuerdo y así, sigo aún con la imagen intacta de ella, la mujer de los cabellos blancos.
Pero bueno, hay que admitir que logró tocar las entre pieles de mi sensibilidad, parece que aquí es inevitable sentirlo, y lo más particular es que a veces se me olvida el valor de la familia, no como papá, mamá, hermanos, etc., sino más bien como el valor de la unión, o de la necesidad de la misma. Me parece que este ha acontecimiento es el reflejo de la ausencia de la unión, de la fe de creer que se tiene a alguien más, que no estamos solos, que es posible que nos sintamos solos, sin embargo hay una esperanza, en el momento de la penuria a este hombre, la vida le recuerda quienes realmente están con él.
Y pienso en él, y sé que al igual que muchos otros, él también padeció y padece, las inclementes dagas de la injusticia; recordé tanto a El Extranjero de Camus, fue inevitable; Mersault frente al panteón de fusilamiento, aun no comprendió el absurdo de su existencia. Igualmente el hombre de pequeña estatura, Él, sin la mayor angustia, con una total resignación comprendió en parte su infierno, no supo más de sí. Dispuesto a complacer a la audiencia, preocupado quizás por el dolor de la mujer de ojos tristes, pero sin nada más que le desgarrará el corazón, no lloró, no murmuró, no gritó…guardo un prolongado silencio en el que intentaba dar paz a aquellos a quienes en ese momento el corazón se les desmoronó. Lo único que pudo murmurar fue “tranquilos, yo estoy bien.” No sentí más que una incesante angustia de lo increíble, ningún tipo de dolor en especial o particular, pues sé que eso le podía haber pasado a cualquiera a quienes yo quiero, me aterra pensar, por ejemplo que le pasará eso a mamá, papá.
Es probable que ahora en el inmenso y frio silencio del penitenciario, él llore, y quizás reflexione sobre aquello que la vida le dio y que ahora le arrebata. No sé, tal vez en algún momento quiso encontrar culpables donde no lo había y ahora la vida se los cobra. ¡Qué paradoja!
Mamá lleva ya un buen rato despierta, creo que llora, su corazón se derrite. Pienso más en la mujer de cabellos blancos, pienso más en su dolor; ni me lo imagino. Pienso igualmente que mamá llora porque no logra sopesar el doble dolor que ahora siente. Ella ama mucho a la mujer de los cabellos blancos, aunque jamás se lo diga, yo lo sé. Sé que está muy triste, y eso me conmueve. La casa parece estar de luto. Hay un colosal y prolongado silencio, ni es sólo el silencio de la noche, es un silencio que cobija el desaliento, la impotencia, el dolor, la ausencia que tanto nos condena a los humanos.
Querido lector hubiera querido retratar en sus ojos, el color de su cara, era pálido, semblante inconstante, en sus ojos la luz que se pierde en el horizonte, y la sonrisa que se disuelve en la infinitud del dolor. No sé cuánto vaya a durar esta pena, pero lo único que ella mencionó, fue la sentencia de su muerte. Quiero que ella aún no muera, quisiera que lo viera de regreso a sus puertas.
Hoy fue el día del retroceso. Pobre de las personas que aún viendo como está este mundo, creen que luego podría no ser tan peor.
De nuevo mamá ha logrado dormirse, necesito que repose, la amo aunque no se lo pueda decir. A veces nos dejamos invadir por las pasiones de la rabias y no medimos nuestras intenciones. Pero ahora quiero pasar la hoja sin que me cause tanto dolor. Y yo que tan sólo pensaba asistir a escuchar la condena que en algún momento el quiso para mamá. Salí con mi corazón entrecortado.
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