10 de abril… Un domingo poco común.
Nunca he estado preparada para leer mis escritos en público, no los de este corte y aunque siempre en clase el profesor pide que alguien lea su crónica, yo expectante desde mi puesto espero que no pronuncie mi nombre. Pero, ahora mismo intento escribir mi crónica, por si algún día la leo en clase y como el retrato de aquella mañana.
Era la mañana del 10 de abril, era domingo, la mañana no era tan calorosa como acostumbraba estar, este día sería diferente.
Como todos los domingos, difícilmente me levanté de mi cama pero al final lo logré, pues esa mañana era expectante, por eso en el fondo quería que las horas se pasarán pronto, pues para ese día tenía una cita, de esas que nos desgajan las entre pieles del corazón, aquellas que nos dan del amor, cada delicia. Me dirigí como de costumbre a comer mi desayuno, un pan frio y un café oscuro, era domingo y cada quien tenemos de nuestros intereses, sus propios afanes, así que no hay mucho tiempo, ni para cocinar; luego de unos minutos mamá sale al mercado con mi hermana. Al rato saco mi cuaderno de apuntes, ese cuaderno que no guarda solo notas, si no también secretos, confesiones y hasta dolor y un poco de angustia. Ese día me senté en el asiento de centro de la mesa del comedor de mi casa, estaba sola y tuve la necesidad de escribir algo sobre las impresiones tan humanas del ser, por ejemplo, para ese día escribía lo que sentí el miércoles de esa semana. Por ejemplo escribía algo así como:
La ansiedad que agolpa los sentidos, pone vibrante el corazón humano.
Toma el teléfono y como quien va dispuesto a su inevitable condena, marca el número que quizás le dará una paz absoluta, pero divagante. Ahora cuando responden un ¡halo! Enfrió sus sentidos, atónita, sin más que decir, hay un silencio que se prolonga, no por mucho tiempo. Y ese ¡halo!, es ahora respondido.
En una suerte de salvavidas, ese ¡halo! Será el causante de su paz. Después de unos minutos, unas cuantas palabras mal dichas, son estos dos personajes, dispuestos a un todo para una nada, quienes encontraran en un lugar secreto, como una especie de caverna platónica, la soledad de lo humano.
Se encuentran y sin que sus miradas se logren encontrar, entran. Como es habitual, sólo hay un: hola; nada más.
Al entrar a la caverna hay otra caverna, un poco más oscura y más silenciosa. Allí, junto a una almohada, él se sienta de un lado y ella se acerca muy segura de lo que va hacer, pero sin saber que habrá del otro lado. Y allí, donde precisamente está él, quien aunque no lo confiesa, la espera ansioso y necesitado de ella. Ella se acerca y lo besa, no hay más que un prolongado silencio. Pero él corresponde, se besan y luego, en un estremecido interrogante él dice: y después de esto, ¿Qué va a pasar?, ella replica: nos amaremos más. Lentamente se besan y se besan con total convencimiento, es como si de repente cada quien supiera que después de ese beso, siguiera la muerte. No hay más, él toca su piel y ella la de él, luego de unos minutos, sus cuerpos están unidos…
Aún estando en la mesa, de repente suena mi teléfono celular, veo que el número que registra es el de doña Elcira, la mamá de Sneider, en últimas, mi suegra; me causa extrañeza, sin embrago respondo: ¡halo! Katerine –me dice la señora-, si respondo yo, y ella continúa “Katerine Edward está muerto, baje por favor” una fuerte daga fría y afilada traspasó cada entraña de mi ser. No lo creía, aunque mis sentidos no dejaran de confirmar tal noticia y a la vez sentir un dolor inevitable. No supe como colgué el celular, solo repetí la frase para quienes estaban en la casa “Sneider está muerto”. ¡Cómo putas! Fue lo único que pensé y quizás, hasta murmuré. Me cambié de ropa y sin importar que mamá llegara y no me encontrara en casa, salí con mi otra hermana, para confirmar algo que ya sabía.
Salí de la casa, con el alma enmudecida, con la razón en el aire y con una letalidad que me consumía la vida. De camino me encontré a mamá, ya se había enterado, solo lloré y la abrace, parece que para ese día no tenía otra opción. La verdad, esperaba que fuera una equivocación, fuera de estúpidos tal idea, y sin importar, yo la esperaba, lo que es peor, la conservaba y se aferraba a mí, como el dictamen de vida. Era cada, cada milímetro de mí ser que se desmoronaba, cada aliento se me iba por la desazón del pensamiento.
Edward Sneider, es el nombre de quien esa mañana fría de domingo extraño, rompería mi más profundo dolor y la condena al inclemente duelo.
Era raro, la noche anterior habíamos hablado y nos dijimos las más dulces palabras que un par de enamorados podrían decirse bajo la luna de plenilunio. Pero para ese sábado, la seducción del alcohol, el éxtasis de la rumba y unas cuantas razones de depresión, se sumaron a su existencia y que paradójicamente le entregaron en bandeja de plata su propia condena: la muerte. Esa misma noche acordamos vernos al día siguiente. No alcanzó, la flaca sigilosa solicito su presencia.
Parece de absurdos, pero el sentimiento que para ese día, de miércoles pasado, unía nuestras pieles carnosas y ansiosas de tanto querer, era el adiós que ahora nos condena.
Esa mañana, el barrio estaba consternado, y es que no era para menos, Sneider, era un pela ‘o de muchas amistades, conocido por todos, entregó cada sonrisa, cada lánguida palabra, cada pensamiento, que sin temores y sin esperar nada a cambio, le permitió ver de la vida, sus caras más inevitables. Para él los colores de la vida no tenían muchas tonalidades, su vida no figura en un amplio vagón de opciones de ser. Lleno de cotidianidad y condenado a la misma, y quizás a la que a diario, todos nos condenamos; enfrentó temores, angustias y dolores, esos dolores del engaño que no se curan ni con antibiótico.
No se hablaba de otra cosa. Al frente de centro abastos está el cuerpo de Seneider o lo que queda de él. Una mula le paso por encima en consecuencia de la imprudencia del alcohol y la euforia de la aventura. No lo vi, y hoy pienso que fue mejor así.
Eran ya casi las nueve de la mañana y aún guardaba la esperanza que ese, el del accidente no fuera él. Pero, parece que la vida hacía de sus pasadas, la más amarga. Pero no, ya estaba confirmado, era él que de manera irreconocible pero que con sus zapatos, dejaba por sentado su identidad, y ese último adiós.
No he perdido a nadie, el que murió, simplemente se nos adelantó, porque para allá vamos todos.
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