martes, 23 de agosto de 2011

MAS CRONICAS

La crónica de la y para la clase

Hoy Juliana leyó para la clase su crónica. Yo por mi parte nunca me he atrevido a leer la mía; no sé si por temor o por pura vergüenza o lo que es peor, por un inmenso orgullo a no enterar al público expectante, de los temores, sensaciones e impresiones que puedo tener de la rutina de cada día.
Sin embargo hoy escribo sólo para sopesar un poco la angustiante tarea de levantarme y ver que hoy el sol también salió.

Son las cinco de la mañana de un día cualquiera. Suena la alarma del estrepitoso celular y además del reloj de pila de mamá. Ella como todas las mañanas se despierta, pero antes de levantarse, desde ese segundo piso de mi cama, que a veces parece el balcón de la dimensión que me aleja de la cotidianidad asfixiante a la que a diario tenemos que enfrentarnos y como soldados cuestionados, continuar. Mamá se despierta, yo también lo hago y escucho unos susurros, es ella que como todos los días hace su rosario, según ella: “pa’ que en la casa no falte lo necesario”. Pasan casi quince minutos y viene la voz de mí llamada al desprendimiento de mi piel y la sabana que durante una fría noche intentó cobijar mi sueño, pero que sin embargo ha sido un tanto embano.
Hace mucho tiempo no duermo muy normal, mamá dice que eso se debe al estrés, yo a veces pienso que es algo más. Mamá muy animosa, con ese ánimo que sólo puede tener alguien que aun siente el sabor de la sal sobre su piel cada vez que el sol inclemente broncea sus brazos. Mamá dice: “Katerine, parece ya, son las 5”, miro el reloj y en realidad son las 4: 30 de la mañana; pienso un rato, aun respiro y eso me tranquiliza. Me levanto, es hora de ir a la universidad convencida  que quizás hoy no será tan peor.
Después  de un helado y despertante baño que resquebraja cada centímetro de mis huesos, tomo el desayuno; un chao para mamá y un Dios la bendiga como respuesta; y aunque nunca se lo pido, siempre lo espero, es como mi amuleto y la garantía de que mamá no está brava conmigo y aun me quiere, aunque no me lo repita todos los días; y sé que es mejor, no soportaría escucharlo todos los días, pues entonces el sentimiento tan honesto de mamá, se sumaría al archivo de las cotidianidades del día.
Llego a la parada  espero la ruta de todos los días, a decir verdad ya me sé el recorrido, pero me encanta. Miro por la ventana, son los mismos carros, las mismas autopistas, hasta casi que los mismos pasajeros, pero, por allá por el horizonte cuando apenas el sol empieza a asomar y el firmamento entre madrugada y día, se va desvaneciendo, las pupilas de mis ojos se dilatan; es la evidencia que aún respiro.

Son casi las seis de la mañana y viene la pregunta del día: ¿Cómo es que somos tan frágiles, en medio de una naturaleza, donde nuestra especie es tan fuerte? La respuesta como siempre se diluye en mis aglomerados pensamientos. De nuevo, pensar que nos precipitamos cada vez que parpadeamos, cada vez que por un segundo dejamos de pasar por desapercibido lo natural de la vida: SER.
Me bajo del bus, es la parada que me lleva de camino a la universidad. Faltan tres minutos para la seis, la clase ya casi empieza; llego al salón, escojo el asiento del fondo. Hay estoy de nuevo frente al tablero que no me dará ni verdades ni mentiras, sino la respuesta incongruente de estar allí. 

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